Astrología y Feminismo: El lenguaje simbólico bajo la sombra de la narrativa

Astrología y Feminismo: El lenguaje simbólico bajo la sombra de la narrativa 535 539 Lucas Ferz

Astrología y Feminismo: el lenguaje simbólico bajo la sombra de la narrativa

Por Lucas Ferz

En los últimos años, la astrología ha servido como refugio fértil para ciertas corrientes ideológicas que encontraron en ella un espacio amable. La emocionalidad, la búsqueda de validación personal y la necesidad de identidad simbólica crearon el terreno perfecto para una lectura más confirmatoria que transformadora. En ese paisaje, el feminismo, en su versión más reciente, se filtró como un clima que durante un tiempo impregnó sutilmente la lectura simbólica sin necesidad de proclamarse. No se trata de señalar militancias directas, sino de observar cómo la carta natal se volvió escenografía de nuevas pertenencias. Los símbolos dejaron de apuntar al misterio para volverse reflejos de sensibilidades dominantes, más inclinadas a consolidar estados emocionales que a explorar sus contradicciones. Así, el enfoque ritual e iniciático cedió terreno ante una lógica narrativa y afectiva, donde lo simbólico se acomoda a los ánimos ideológicos del momento, perdiendo la capacidad de incomodar o de abrir una vía de transformación auténtica.

Históricamente, la astrología nunca estuvo exenta de ideologías. Desde los reyes babilonios hasta las cortes renacentistas, los astros fueron consultados para legitimar decisiones políticas, justificar guerras o sustentar jerarquías. El cielo hablaba, sí, pero a quien podía escucharlo y manipular su interpretación. En ese sentido, la astrología siempre dialogó con los poderes de su tiempo, y su aparente neutralidad era más bien el disfraz de una estructura que sabía adaptarse.

Lo que cambia en la actualidad no es esa conexión con lo político, sino el modo en que se oculta bajo una estética emocional. Hoy, en lugar de discursos explícitos, se filtran narrativas afectivas que moldean el símbolo desde un lugar que parece inocente o reparador, pero que también carga con inclinaciones ideológicas no asumidas. Y ahí, lo político se vuelve más peligroso, no porque se manifieste, sino porque se disfraza de sensibilidad.

El lenguaje astrológico más popular se ha vuelto un espacio cómodo para ciertas sensibilidades que lo prefieren antes que el activismo directo. Estas lecturas, presentadas como espontáneas, arrastran posturas ideológicas en la manera en que se interpretan los símbolos. Sin forzar el contenido, la práctica se adapta, incluso sin advertirlo, a un clima donde el símbolo ya no revela, sino que confirma. Así, el mapa celeste refleja el ánimo cultural del momento, pero sin animarse a mostrar su costado más inquietante. El feminismo, como fuerza dominante en este período, no se impuso de forma explícita, sino que se volvió parte del clima general que empujó la astrología hacia lo emocional más que hacia lo iniciático. Ese mismo cielo ya no desafía, sino que afirma identidades. Y en ese movimiento, que parece deconstrucción pero actúa como una forma de validación emocional, se vuelve menos fértil para la exploración simbólica libre y profunda.

Podría decirse que esto marca un giro hacia lo exoterizado, donde la astrología se vuelve más visible, más decorativa, más fácil de consumir, y deja de ser un lenguaje esotérico (es decir, reservado a una búsqueda interior, profunda, iniciática) para convertirse en una estética accesible, moldeada por las tendencias del momento. La carta natal entonces, se convierte en una superficie decorativa, un soporte simbólico para identidades que buscan validación en lugar de comprensión. Ya no hay silencio ni profundidad velada, sino relato inmediato y utilidad emocional al servicio de una estética de autoafirmación.

Esto no significa que la astrología no pueda dialogar con lo social o con las luchas del presente. Todo lo contrario, los símbolos están vivos porque dialogan con los contextos. Pero es necesario que ese diálogo no aplaste su espesor. Que la ideología no sustituya al símbolo. Que lo arquetípico no sea cancelado por lo político.

Lo masculino no ha desaparecido del lenguaje astrológico. Pero su presencia se percibe desplazada, no tanto por una molestia directa, sino por una forma de desinterés creciente hacia lo que representa: una verticalidad que no dialoga con la emocionalidad dominante. No se manifiesta con estridencia ni reclama un lugar, pero actúa como estructura, como impulso silencioso que sostiene el equilibrio de tensiones. Lo masculino habita el lenguaje simbólico como un principio que ordena cuando lo simbólicamente femenino, en su exceso o unilateralidad, desestructura. Es una fuerza que aparece para restablecer la arquitectura, no por superioridad, sino por necesidad. Y cuando se lo diluye en pos de una sensibilidad unificada, la astrología pierde contraste, pierde tensión y se vuelve un relato sin profundidad. No se trata de oponerlo a lo femenino, sino de recordar que su función simbólica sigue siendo vital en la composición del mapa. Cuando esa polaridad se borra, el símbolo también se desvanece.

Como toda tradición simbólica, su valor está en lo que no puede decirse de forma directa. En lo que se intuye, se interpreta, se atraviesa en silencio. Y eso requiere otro ritmo, otro lenguaje, otra disposición.

Al final del camino, lo simbólico no se deja atrapar por definiciones rápidas ni por lecturas complacientes. No se acomoda fácilmente, ni busca explicar, sino dejarse atravesar. Ya sea en la astrología, en el cuerpo o en la escena, su potencia está en sostener la tensión, no en resolverla. Porque el símbolo no exige explicación, sino experiencia. No reclama defensa, sino profundidad.

Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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