El Arte antes que la Terapia, poner la obra en el corazón de la experiencia

El Arte antes que la Terapia, poner la obra en el corazón de la experiencia 535 539 Lucas Ferz

El Arte antes que la Terapia, poner la obra en el corazón de la experiencia

Por Lucas Ferz

Hoy es casi un lugar común decir que el arte es terapéutico. Esa idea circula con fuerza y muchos la aceptan sin cuestionarla. Justamente por eso siento la necesidad de escribir este texto, para proponer un desplazamiento en la mirada. Sí, el arte transforma, sacude, incluso alivia. Pero desde mi experiencia, el punto no está en pensarlo como terapia, sino en poner la obra en el centro. El arte tiene valor en sí mismo, y es desde ahí que su potencia se expande hacia lo personal y lo social.

El intérprete no sube a escena como paciente. Sube como artista, entregado a la exigencia de la obra. Y es esa entrega la que produce movimiento. Lo terapéutico aparece como consecuencia, no como fin buscado. Cuando se invierte el eje y se entiende la escena como tratamiento, se pierde lo más vital, el rigor, la crudeza, la tensión viva que constituye el hecho artístico. En este punto conviene recordar una ironía que circula entre quienes trabajan en el teatro, que hay actores que hacen teatro como terapia y otros que necesitan terapia para poder hacer teatro. Esa tensión es real y muestra hasta qué punto la escena puede tocar lo íntimo, pero también evidencia la diferencia entre asumir el escenario como lugar de obra o como sustituto de un diván.

En el laboratorio actoral lo veo con claridad. El trabajo con máscaras no es una vía de sanación personal, es un espacio que despoja, incomoda y expone. Lo mismo en la comunicación no verbal al servicio de la escena actoral, escuchar con precisión no es solo un gesto terapéutico para comunicarse mejor, sino un ejercicio de exactitud expresiva que, de manera inevitable, repercute en la vida de quien lo practica. El arte, al ser fiel a sí mismo, produce transformación sin proponérselo.

También está su dimensión colectiva. Una obra no sólo mueve lo íntimo, también cataliza gestos de época. El teatro, el cine, la literatura han expresado siempre aquello que una sociedad no lograba decir de otro modo. El arte no es un consultorio, es un escenario donde lo personal y lo histórico se cruzan, y donde una voz individual puede volverse voz de muchos.

Hay además una capa más profunda. Lo que llamamos inspiración, lo que surge de lo inconsciente y no comprendemos del todo, tiene un sentido mayor. No es un simple impulso, es un llamado que encuentra en la obra su cauce. La creatividad es ese medio, un modo de responder a algo que nos convoca desde más allá de la voluntad. Entregarse a la obra es aceptar que la creación organiza lo que no entendemos de nosotros mismos y le da una forma vivible.

Por eso, mi propuesta no es negar lo terapéutico, sino correrse de esa etiqueta. El arte cura, sí, pero no porque funcione como terapia, sino porque responde a algo más esencial. La creación forma parte de nuestra naturaleza, del mismo modo que el río corre o el árbol crece. Crear es una continuidad de lo humano con lo natural, un movimiento que nos atraviesa más allá de la voluntad consciente. Por eso es sanador, porque no es artificio ni recurso externo, sino expresión de un orden vital que nos excede. Poner la obra en el centro es volver a esa raíz, y en esa raíz se encuentra la fuerza transformadora más profunda.

Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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