El Caduceo y la revalorización de la dualidad

El Caduceo y la revalorización de la dualidad 535 539 Lucas Ferz

El Caduceo y la revalorización de la dualidad

Por Lucas Ferz

Hay una idea bastante difundida, sobre todo en ciertos entornos holísticos o esotéricos contemporáneos, que sostiene que el verdadero significado del caduceo es que las dos serpientes, en realidad, son una sola. Que su función simbólica es mostrar cómo los opuestos deben fundirse, unificarse, desaparecer en la unidad. Como si lo elevado fuera trascender la dualidad para disolverse en el Uno. Esa interpretación, aunque seductora, se aleja radicalmente del sentido estructural del símbolo. Porque lo potente del caduceo no está en que las serpientes se unan, ni en que dejen de ser dos, sino en que se entrelacen sin anularse. En que su diferencia se sostenga. No se trata de dos que se funden, ni de una que se disfraza de dos, sino de una arquitectura que las contiene sin resolverlas. Ahí está el corazón del símbolo: en una tensión viva, no en su eliminación.

Vale aclarar que el caduceo, en su origen, no fue un símbolo de sanación ni de espiritualidad superior, como suele interpretarse en ciertos entornos. Es el bastón de Hermes, el mensajero, el que cruza fronteras, el que media entre mundos. Representa el tránsito, la ambigüedad, la negociación. Sin embargo, aquí me interesa resignificarlo, no desde su uso histórico, sino como figura de una tensión sostenida entre opuestos. No como camino de evasión, sino como arquitectura simbólica que permite habitar la contradicción sin necesidad de resolverla.

El caduceo no habla de fusión. Habla de tensión sostenida. Las dos serpientes no desaparecen: se entrelazan. Se cruzan, se separan, se cruzan de nuevo. Son opuestas, sin ser enemigas ni amigas, sino diferentes: coexisten en una danza tensa y necesaria. Son complementarias, pero no idénticas. No se anulan, se organizan. Esa es la gracia, la potencia del símbolo: la contradicción no se resuelve, se sostiene.

Y el caduceo, en ese sentido, es clave. Porque lo que propone no es una superación de la dualidad, sino su integración dinámica. Lo humano como campo vibratorio donde las tensiones no se cancelan, sino que se estructuran en un orden vivo.

Lo que se pierde en muchas interpretaciones holísticas es la riqueza de lo dual por hacer un énfasis en la fusión con el ser. La dualidad es despreciada o relegada a un segundo plano jerárquico, lo cual puede ser entendido desde un lugar práctico, asumiendo que la balanza cultural nos separa de su estado opuesto, pero resulta erróneo en términos profundos de interpretación. De este modo “elevar la vibración”, “salir del ego”, “conectar con el ser”, parecen ser la tarea fundamental a realizar. Como si el camino espiritual fuera una huida de lo humano en lugar de una profundización de su diseño.

Pero el símbolo es claro: el centro no está en la desaparición de las serpientes, sino en el bastón que las sostiene. En el eje. En esa vertical que no exige neutralidad ni nos pide no elegir, sino que sostiene la danza de ambos extremos. El caduceo no nos invita a mantenernos al margen: nos recuerda que, aunque ya estamos en uno de los lados, aun así podemos contemplar el movimiento completo. No se trata de negar la polaridad ni de pretender estar por encima de ella, sino de reconocer desde dónde uno observa y, desde ahí, sostener la totalidad. Porque sin ambos, no hay estructura.

Este principio atraviesa distintas disciplinas que trabajamos en el laboratorio. En el estudio del Ki, por ejemplo, no se trata de elegir entre cuerpo o energía, sino de percibir cómo ambas serpientes se enlazan en un movimiento que las sostiene. En la astrología, los opuestos no se anulan: se tensan, se espejan, se empujan. En el teatro, el actor no supera sus contradicciones internas, las hace actuar. En la CNV, la escucha profunda no busca armonía automática, sino entrar en contacto con lo que está vivo en el otro, incluso si eso es disonante. Y en el cine, lo más potente no siempre es lo claro, sino lo que mantiene vibrando lo no resuelto. No se trata de calmar el conflicto. Se trata de hacerlo habitable.

Lo inseparable no es una síntesis perfecta. Es una arquitectura que puede sostener lo que no se resuelve. Y eso, en un mundo que corre desesperadamente a simplificarlo todo, es quizás una de las formas más honestas de profundidad.

Un lugar donde no haya que elegir entre sombra y luz, entre acción y pausa, entre fuerza y fragilidad. Donde podamos sostener dos serpientes sin querer fundirlas. Y donde lo espiritual no sea una evasión de la dualidad, sino el arte de convivir con ella sin negarla.

Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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