El Director de los Sueños, cuando el inconsciente conduce al intérprete

El Director de los Sueños, cuando el inconsciente conduce al intérprete 535 539 Lucas Ferz

El Director de los Sueños, cuando el inconsciente conduce al intérprete

Por Lucas Ferz

En el teatro un ensayo bajo la mirada de un director nunca es un espacio de comodidad. No se celebra lo que ya está resuelto, se apunta a lo que se desliza, lo que desentona, lo que se aparta de la verdad de la escena. El inconsciente trabaja con esa misma lógica. Cada sueño es un rodaje íntimo en el que actuamos sin guion explícito, bajo la vigilancia de un director invisible que corta y marca con precisión el punto exacto donde se abre la fisura.

Es revelador que los sueños tengan la textura de una escena interrumpida. Igual que en un ensayo real, la crítica no se orienta a lo evidente sino a lo que falta. El inconsciente se mueve como un ojo severo que rehúsa la autocomplacencia, insiste en el punto débil y convierte la falla en materia de trabajo. Muchas veces lo hace con un énfasis grotesco, desmesurado, como si buscara llevar al límite lo que apenas se insinuaba. En ese sentido recuerda a los mecanismos de defensa, que sobreactúan frente a lo mínimo, paralizan al cuerpo ante lo insignificante o disparan alarmas orgánicas desproporcionadas. Los sueños, como esas reacciones, exageran la falla para que no quede oculta.

El rodaje cotidiano repite esta dinámica. El actor puede creer que sostuvo una réplica con firmeza, pero el director corta y exige una nueva toma. El inconsciente procede igual, corta la continuidad de la vigilia y ensambla otra versión en el sueño, forzándonos a mirar aquello que en la vida diurna dejamos pasar. No hay progresión lineal, como tampoco la hay en la escena, lo verdadero se conquista y se pierde a cada paso.

El inconsciente, como un director de escena, percibe lo que el intérprete ignora. Un temblor inadvertido, una réplica pronunciada desde un lugar equivocado, una sombra que se filtra. En el sueño estas fallas se amplifican en imágenes incómodas, a veces brutales, que funcionan como crítica y no como castigo. Nos enfrenta con lo que aún no podemos sostener.

La relación entre personaje y actor se configura del mismo modo que la del inconsciente con la conciencia. El intérprete imagina controlar a su personaje, pero es el personaje el que lo alcanza y lo redefine. No es un objeto de dominio sino un vector que articula zonas del actor y las convierte en material de trabajo. Así, el inconsciente no solo expone un costado oculto, lo ramifica y lo proyecta en la escena interior. El personaje encuentra al actor, del mismo modo que en el sueño el soñador se topa con el director invisible que lo conduce, y en ese cruce se abre un nuevo horizonte de trabajo, un plano de exploración que antes permanecía velado.

Soñar es entrar en un ensayo mayor donde la lógica no es la de la perfección sino la de la fricción. El inconsciente corta, repite, desarma. Como un director que rehace la toma hasta extraer la verdad, organiza dramaturgias que nos enfrentan con lo incómodo. El sueño se expande como un set de rodaje en el que los planos se doblan y las escenas se multiplican, reiteradas hasta el exceso. No hay escapatoria, cada sueño es una toma donde la crítica se inscribe con la contundencia de un corte.

Aceptar esto es clave tanto para el actor como para quien escucha a sus sueños. No se trata de domesticar lo que surge, sino de exponerse a la mirada severa del director interno. El teatro se alimenta de esa tensión y la vida también. Como señaló más de un filósofo, el mundo entero se organiza como representación y somos actores que atraviesan el escenario una y otra vez. El inconsciente no propone una obra acabada, mantiene el ensayo abierto, nos confronta con fallas que insisten y con fracturas que se repiten. Sin embargo, es en esa insistencia donde se abre la posibilidad de otra cosa. Igual que en el trabajo actoral, la maestría no aparece cuando se cierran los desajustes, sino cuando se los deja actuar hasta que revelan un sentido inesperado. Allí, en el punto donde la crítica no busca aplastar sino orientar, se abre una puerta. El director invisible guía la escena hacia un umbral nuevo, y en lugar de quedar atrapados en el loop, descubrimos que la repetición era el modo para lograr la maestría que requería el personaje para ascender a la escena siguiente. La magia sucede en ese pasaje, cuando el actor se deja guiar por esa dirección severa y lo que parecía un simple loop se transforma en el acceso a un horizonte que no podía anticiparse.

Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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