
Lo Visible y lo Velado: Merleau-Ponty interpretado desde lo esotérico
Por Lucas Ferz
“Coincidir con la operación perceptiva y comprenderla”, escribe Merleau-Ponty. No propone una teoría, propone una vivencia. No se trata de mirar el mundo como si estuviéramos afuera de él, sino de dejar que el mundo nos atraviese mientras lo tocamos con la mirada. La percepción no es una actividad que dominamos, sino una operación en la que estamos implicados. En ese cruce, en ese entre, el cuerpo deja de ser objeto para devenir pliegue, borde, membrana viva entre el adentro y el afuera.
Lo que Merleau-Ponty llama quiasmo no es un concepto para entender, sino una experiencia que debe vivirse desde el cuerpo. El quiasmo designa la estructura entrecruzada de la percepción: el hecho de que quien percibe también es percibido, que el cuerpo que toca también es tocado. No hay un observador separado del mundo, sino un entrelazamiento constante de interior y exterior, de sujeto y objeto. Es el entrelazamiento de lo visible y lo invisible, de lo que aparece y lo que opera sin mostrarse. En ese cruce, el actor no representa: vibra. No imita: se vuelve superficie sensible. Su cuerpo es el lugar donde se anuda la tensión entre lo que ve y lo que es visto, entre lo que dice y lo que es dicho a través de él. El quiasmo es ese instante en que ya no hay sujeto ni objeto, sino una sola operación que respira desde dos lados a la vez.
La práctica actoral trabaja justamente con ese pliegue. No se trata de actuar desde la voluntad ni de repetir formas vacías, sino de abrir el cuerpo a ese cruce vivo entre lo que aparece y lo que no se deja ver. El actor, cuando está presente, no representa un personaje: encarna una percepción. Es ese punto exacto donde la mirada y lo mirado se funden. Ese lugar donde el adentro se vuelve afuera, y el afuera entra como viento por una rendija.
Vale aclarar que la relación entre Merleau-Ponty y lo esotérico no está presente en su obra de forma explícita ni doctrinaria; más bien, se trata aquí de una observación personal, un cruce posible desde el lenguaje simbólico. El esoterismo ha trabajado históricamente con la distinción entre adentro y afuera, aunque no como lugares fijos. El «adentro» no es lo oculto en una profundidad remota, sino lo intensamente próximo que aún no se ha develado. El «afuera» no es simplemente lo visible, sino lo que se muestra cuando el cuerpo está dispuesto a percibir sin apropiación. En ese sentido, lo esotérico y lo fenomenológico se rozan: ambos exigen del cuerpo una apertura, una disposición a volverse umbral. A coincidir con la operación perceptiva sin separarse de ella.
Esa es la práctica actoral profunda: no representar, sino volverse campo perceptivo. No construir un personaje, sino entregarse a la operación simbólica que ocurre en el cruce entre lo que somos y lo que se manifiesta a través nuestro. La actuación, entonces, no como acto, sino como pasaje. Como acontecimiento perceptivo en tiempo real, donde el cuerpo se vuelve pliegue disponible al mundo.
Coincidir con la operación perceptiva no es una consigna poética. Es una descripción precisa de lo que sucede cuando el cuerpo se vuelve laboratorio y el laboratorio se vuelve cuerpo.
Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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