
The Sopranos, la obra que sueña a su actor
Por Lucas Ferz
Este texto no contiene spoilers de la trama.
En la serie de televisión The Sopranos, los sueños no funcionan como una pausa surrealista entre capítulos ni como un guiño al psicoanálisis. Son escenas con peso propio, con una densidad teatral que atraviesa la trama y desborda al mismo personaje. No es Tony quien sueña, es la serie misma la que sueña a través de él. Ahí se abre un terreno desafiante, porque lo que se juega en esas secuencias no es solo el inconsciente de un mafioso ficticio, sino la fricción entre actor, autor y personaje.
James Gandolfini confesó más de una vez que Tony lo devoraba. El personaje no era algo que pudiera encender y apagar, sino una fuerza que lo perseguía fuera del set. Los guionistas, por su parte, volcaban sus obsesiones, sus miedos y hasta su humor negro en esas escenas oníricas. Y Tony, atrapado en el medio, soñaba lo que en verdad era un ensayo colectivo, fragmentos de neurosis, imágenes de culpa, fantasías de traición. Como si la propia serie usara a Tony como medio para proyectar lo que nadie podía decir en vigilia.
Los sueños no borran la diferencia entre ficción y realidad, lo que aquí se piensa no es una confusión de planos, sino una mirada más fina que detecta cómo la ficción se nutre de la vida y la vida se refleja en la obra. El actor sigue siendo actor, el personaje sigue siendo personaje, pero el sueño los hace rozarse en un punto donde ninguno domina del todo.
Los sueños de Tony son el lugar donde The Sopranos se convierte en teatro del inconsciente. No hay linealidad ni coherencia, hay cortes y recomienzos, fallas amplificadas, símbolos grotescos. Como en un ensayo bajo la mirada de un director implacable, lo que se muestra no es lo que funciona sino lo que no encaja, lo que desgarra. Un pez que habla, un amigo muerto que reaparece, un actor de Hollywood actuando de sí mismo, todos son cortes de montaje que exponen la grieta. En esos momentos no es solo Tony quien sueña, es como si la serie misma lo soñara a él, transformándolo en objeto de un sueño mayor donde se cruzan guionistas, actor y personaje.
La pregunta incómoda entonces es quién sueña. ¿Sueña Tony? ¿Sueña Gandolfini? ¿Sueñan Chase y su equipo? En esos planos se filtra algo que excede a cada uno, el inconsciente dirige la escena y los arrastra a todos. La frontera entre vida y obra se desarma y lo que queda es un ensayo mayor, uno en el que el director invisible no es David Chase, sino esa fuerza que corta, repite y desarma hasta mostrar la falla.
De ahí su potencia. Porque los sueños en la serie no se interpretan, se padecen. Son la crítica más feroz, no del personaje solamente, sino del artificio entero. En ese territorio Gandolfini ya no es solo actor, Tony ya no es solo personaje y los guionistas ya no son solo autores. Todos quedan sometidos a la misma dirección, la del inconsciente que, como un director de escena, marca el punto exacto donde la ficción se quiebra y la verdad se filtra.
Ese es el secreto de The Sopranos, la obra no se limita a representar sueños, sino que sueña con ellos, los convierte en laboratorio donde se cruzan autor, actor y personaje. Y como en todo ensayo real, lo que importa no es lo resuelto, sino la falla que insiste.
Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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