El Cuerpo Anclado en lo Percibido: una hipótesis sobre la unidad estructural entre percepción y mundo

El Cuerpo Anclado en lo Percibido: una hipótesis sobre la unidad estructural entre percepción y mundo 535 539 Lucas Ferz

El Cuerpo Anclado en lo Percibido: una hipótesis sobre la unidad estructural entre percepción y mundo

Por Lucas Ferz

Cuando la percepción se vuelve profunda, cuando se fija sin distracción sobre aquello que se percibe, ya sea un objeto externo o una parte del propio cuerpo, como los pies, el estómago o la respiración, no está simplemente observando: está estableciendo una relación de pertenencia. El cuerpo no percibe desde fuera, sino que se proyecta y se entrelaza con aquello que percibe. La percepción no es una ventana, es una extensión.

Esta idea puede formularse como una hipótesis concreta: cuando la percepción se enfoca completamente en algo —sea externo o interno— el cuerpo del perceptor establece una unidad estructural con eso que percibe. Esta unidad perceptiva genera una extensión somática que ancla el cuerpo al punto percibido. En consecuencia, cualquier intento externo de mover el cuerpo requiere desplazar también aquello en lo que la percepción está anclada, lo cual incrementa significativamente la estabilidad y resistencia al movimiento del cuerpo.

Por supuesto que la percepción no se limita a lo visual. La escucha, el tacto, el olfato, así como los registros propioceptivo e interoceptivo, participan activamente en esta operación que ancla, sostiene y extiende el cuerpo más allá de sus límites físicos inmediatos.

Desde la filosofía de Merleau-Ponty, esta hipótesis encuentra una base sólida. La percepción no es una operación interna dirigida hacia lo externo, sino una forma de ser-en-el-mundo. El cuerpo, según Merleau-Ponty, no es un objeto que tiene percepciones, sino la condición de posibilidad misma de lo visible. En el acto perceptivo, cuerpo y mundo se entrelazan en una relación de quiasmo: no hay un adentro puro ni un afuera separado, sino una intersección activa. La percepción encarnada no establece un puente entre dos esferas separadas, sino que revela su copertenencia.

Desde una perspectiva esotérica, esta unión puede entenderse como extensión del ki o energía vital. Cuando el ki se dirige hacia algo, no sólo se proyecta: se fija, se ancla, y en esa fijación sostiene al cuerpo. La percepción verdadera es una forma de unión vibratoria. Y aquello que se ha vuelto uno con el entorno ya no puede ser movido sin mover también el entorno. La percepción, en este sentido, no es una actividad de la mente, sino una forma de anclaje existencial.

Más que disolver la dualidad entre cuerpo y mundo, esta hipótesis propone una manera de habitarla sin romperla. No se trata de perderse en el todo, ni de fundirse con el universo, sino de asumir con plena conciencia que el cuerpo no está separado de lo que percibe, y que esa relación de pertenencia puede tener efectos concretos y físicos, que se manifiestan en la estabilidad, el enraizamiento y la resistencia al desplazamiento.

Esto no es una simple teoría: es una descripción viva de un fenómeno perceptivo observable y, a la vez, profundamente simbólico. Una invitación a dejar de pensar la percepción como una función interna, y empezar a entenderla como una acción incorporada, una relación activa entre cuerpo y mundo, en la que no solo el cuerpo percibe al mundo, sino que el mundo también se hace presente a través del cuerpo. Percibir es, en este sentido, dejar que el mundo se manifieste en nosotros, que nos toque, y nos fije en él como parte de su propia estructura.

Ser uno con lo que se percibe no es una fantasía mística: es una operación precisa del cuerpo atento, presente y abierto a la relación. Ahí aparece la verdadera fuerza: no la que se defiende, sino la que ya está sostenida por lo que reconoce como propio.

Laboratorio actoral: cuerpo, símbolo y escena.
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