La Obra en el Centro. Transito, no terapia.
Por Lucas Ferz
Hoy es bastante común pensar el arte como algo terapéutico. La idea circula, se repite y muchas veces se instala como punto de partida. Desde acá propongo otra lectura, no porque el arte no produzca efectos en lo personal, sino porque ubicarlo ahí desde el inicio desordena la experiencia. La obra no está para adaptarse al intérprete. Funciona más bien como un tránsito astrológico, algo que no se negocia ni se acomoda a la voluntad, sino que se atraviesa. La obra, en ese sentido, no responde al actor, sino que plantea un recorrido al que uno tiene que entrar.
En ese movimiento, lo personal aparece, pero no como eje sino como algo que queda implicado en la escena. Lo que a uno le pasa no organiza la obra. Es la obra la que termina ordenando lo que a uno le pasa. El intérprete no sube como paciente. Entra en un campo que exige, que ordena y que no se adapta a la comodidad. Ahí es donde empieza a moverse algo. Lo terapéutico puede aparecer, pero no es lo que guía el trabajo. Cuando la escena empieza a girar en torno a eso, pierde fuerza, pierde precisión y pierde sentido de obra.
Lo mismo ocurre con la comunicación no verbal aplicada a la escena. No se trata de comunicarse mejor, sino de trabajar sobre el comportamiento en la construcción del personaje, afinando cómo se organiza el gesto, la acción y la relación en situación. Ese trabajo no apunta a la comunicación en sí, sino a la precisión de la escena, y es desde ahí que empieza a cobrar forma.
También hay una dimensión que excede lo individual. La obra no sólo toca lo íntimo, también articula algo de época. En ese cruce, lo personal deja de ser algo privado y pasa a formar parte de una configuración más amplia. La escena no funciona como descarga, sino como un lugar donde algo toma forma. Hay además una capa donde lo que aparece no responde del todo a la intención consciente. La inspiración encuentra en la obra un cauce y ahí la creación deja de ser expresión para volverse ajuste a algo que excede al propio intérprete.
Por eso no se trata de negar lo terapéutico, sino de ubicarlo. Puede aparecer, pero no organiza la experiencia. La obra funciona más bien como un tránsito astrológico. Hay algo que se pone en juego, con su propia lógica, sus tiempos y sus tensiones, y el actor entra ahí. No parte de él ni se acomoda a lo que necesita, pero tampoco le es ajeno. Se encuentra con eso y trabaja desde ahí. En ese cruce, donde lo que está en juego toma forma a través del actor, la escena aparece.
Laboratorio actoral: cuerpo, percepción y escena.
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